La imprenta fue inventada por
los chinos siglos antes, pero en
la edad media, se utilizaba en
Europa para publicar panfletos publicitarios o
políticos, etiquetas, y trabajos
de pocas hojas; para ello se
trabajaba el texto en hueco
sobre una tablilla de madera,
incluyendo los dibujos -un duro
trabajo de artesanos-. Una vez
confeccionada,
se acoplaba a una mesa de
trabajo también de madera y se
impregnaban de tinta negra,
roja, o azul (solo existían esos
colores), después se aplicaba el
papel y con
rodillo se
fijaba la tinta. El
desgaste de la madera era
considerable por lo que no se
podían hacer
muchas copias con el mismo
molde. A este tipo de impresión,
se le llama
xilografía.
Cada impresor fabricaba su
papel, otorgándole su propia
marca de agua a modo de
firma
de impresor. Por estas marcas de
agua es por lo que se conocen
sus trabajos.
En este entorno, Johannes
Gutenberg (inventor de la
imprenta), apostó a capaz de
hacer a la vez varias copias de
la Biblia en menos de la mitad
del tiempo de lo que tardaba
en copiar una el más rápido de
todos los monjes copistas del
mundo cristiano
y que éstas
no se diferenciarían en absoluto
de las manuscritas por ellos.
Pidió dinero a un prestamista
judío, Juan Fust, y comenzó su
reto sin ser consciente de
lo que su invento representaría
para el futuro de toda la
humanidad.
En vez de usar las habituales
tablillas de madera, que se
desgastaban con el poco uso,
confeccionó moldes en madera de
cada una de las letras del
alfabeto y posteriormente
rellenó los moldes con hierro,
creando los pri- meros "tipos
móviles". Tuvo que
hacer varios
modelos de las mismas letras
para que coincidiesen todas con
todas, en
total más de 150
"tipos", imitando perfectamente
la escritura de un manuscrito.
Tenía
que unir una a una
las letras que sujetaba en un
ingenioso soporte, mucho más
rápido
que el grabado en
madera e infinitamente más
resistente al uso.